Sin pecado no puede haber placer. De él emerge el verdadero disfrute, tan mancillado por las estúpidas religiones.
Porque ellas son las encargadas de hostigarnos con su palabrerío redentor, con sus fábulas filantrópicas que sólo nos pueden consolar por un corto tiempo, ya que la realidad inmediata, basándose en toda la historia, nos demuestra que el mundo es, fue y será un campo de batalla, una morada de chacales…